viernes, 25 de mayo de 2012

Una Princesa Moderna 1



            Podríamos comenzar con la línea de entrada que es tradición en los cuentos de antaño, pero la frase  <<Érase un vez >>, no es de un cuento moderno y nuestra princesa en esta ocasión, es una que descubrió que su sangre es roja en vez del tradicional azul, y su castillo es una realidad y no un sueño.  Esta historieta es diferente y comienza  así…

            La luna primaveral se reflejaba en sus ojos almendrados, y su llanto infantil era una melodía de vida y emociones que endulzaban los oídos de los orgullosos padres, que aunque cansados, no escatimaban los esfuerzos para acomodar a la primogénita que era el orgullo y la ilusión de muchos sueños.  La llamaron Marisa, aunque por error clericó en los documentos oficiales, apareció con el nombre de pila de su madre, hasta que rectificaron los mismos en un alboroto de explicaciones y riñas,  y finalmente quedó llevando el nombre y como siempre le habrían llamado, Marisa.

            Fueron en los días de un tibio marzo, en los cuales los vientos sigilosamente entraban al humilde castillo, que no era como lo pintan las historietas de antaño, sino como lo quiso el pintor de este destino.  Paredes de yeso cubriendo la estructura de madera, adornada con las fotografías de rostros de otra generación y de algún calendario de alguna tienda local.  Espacio suficiente para una pequeña cocina, una diminuta sala, y un dormitorio en el cual apenas acomodaba una cama matrimonial y a un lado de esta, la cuna donde nuestra princesa dormitaba sus infantiles y breves recesos.  Aquel palacio era pequeño y posibilitaba un calor familiar que se incrementaba para los meses de verano, cuando el viejo aire acondicionado, no daba más para mitigar aquellos soles abrasadores del desierto californiano.  Sí, este era el palacio donde nació nuestra princesa en aquella tierna primavera, donde la flor más bella era Marisa.

            Los años pasaron y nuestra princesa brotaba como una linda rosa en perpetua primavera,  y crecía con una inteligencia asombrosa.  Los maestros de la escuela infantil admiraban sus talentos y virtudes, lo mismo que los amigos del rey y la reina, que no descansaban en dar reconocimiento de tal evidencia descomunal.  El rey estaba orgulloso de su primogénita y cumplía los pequeños caprichos de su hermosa hija, y siempre se juró así mismo velar porque en la vida  su princesa, tuviera lo mejor de ella y siempre se encargó que ni la tristeza, ni el dolor llegaran ni por rumor a Marisa.

            Llegó con el correr de los años otra princesita que obviamente trajo alegría a aquel palacio, que en el paso del tiempo se había convertido en uno de clase media.  Palacio de tres niveles, múltiples habitaciones, aunque todavía no alcanzaba para tener servidumbre, pero si para tener diferentes carrozas donde pasearse las tardes en los fines de semana.  La princesa era feliz con su hermana y con sus padres, y para ella su familia era todo el sentido de su hermoso infantil reino.

            Poco tiempo después del nacimiento de su hermana, la familia real se vio obligada a emigrar para el este del país.  Una crisis mundial nubló los horizontes de aquel reinado e interrumpió la estabilidad de estos y el éxodo hizo recordar a nuestro rey y reina, su primera migración cuando aun jóvenes decidieron dejar la tierra que los vio nacer.  Los dos, con distintos caminos llegaron con un puñado de sueños al paraíso del norte, donde se conocieron y decidieron labrar una verada juntos construyendo su íntimo reino.
            El éxodo fue fértil, no sólo en el sentido económico, sino que nueve meses después eran nuevamente visitados por tercera vez por la cigüeña, dejando en la cuna a un varón que llegaría a ser el complemento de aquella familia.

            Cuando Marisa cumplió los quince años y como a toda doncella de esta época, fue presentada a los amigos y al resto de la sociedad, para reconocer que se había convertido en una pequeña mujer.  Sus padres estaban orgullosos de ella y Marisa muy feliz con todos los suyos, que hasta ese punto de su vida no podría concebirla si no fuera con la compañía de ellos, y bueno, también sin hacer a un lado al diminuto perro que su padre le había regalado en años anteriores, y que era una delicia de compañía en los muchos atardeceres de su mocedad.  Ella le llamo Terry, y fue uno de tantos perros que le brindaron risas y emociones en el correr de su vida.

            El primer amor de Marisa fue su padre el rey, que contemplaba el crecimiento de la princesa, así como quien divisa el mar y las estrellas en un eterno y bello anochecer.  Ella correspondía a ese amor, sutil y diáfano de convicción infantil y magia embelesadora que la princesa transmitía a todo su alrededor.  Nunca pensó en cambiar aquel amor de su vida, pues la sonrisa del rey, sus juegos y sus mimos, eran lo suficiente para llenar el vacío que hasta aquel momento requería el espacio del corazón de Marisa.

            Todo transcurría en lo más normal en aquel reino.  La dicha y felicidad se transpiraba y todo pintaba como en el idilio de los cuentos de hadas; todo era bueno, todo, hasta el día que paso lo que el instinto del ser humano niega en querer reconocer.  La rosa de la vida se abría al encanto de ser germinada.

            Era la tarde del servicio religioso, donde la realeza y plebeyos compartían juntos el dogma en el cual creemos  que todos los hombres somos iguales.  Las sillas eran ocupadas sin don de distinción y todos se saludaban sin importar los niveles sociales.  De repente, con el sigilo de una lanza que es arrojada desde el lugar de donde menos esperamos, apareció la mano de tez morena y tosca, típica de los obreros de aquellas tierras plagadas de extranjeros sin derecho a trabajar por su sobrevivencia, pero de los cuales la sociedad usa y abusa para luego ser ignorados.

-¡Buenas tardes princesa, que Dios la bendiga! – la saludó el plebeyo.

            Un joven moreno había tomado la mano de la princesa y dejando sentir un apretón cariñoso, lo complemento con una mueca sonriente.  Ambos sintieron un calor tan intenso en su piel, que el plebeyo no entendía si se debía a que estaba frente a la princesa o la princesa frente a él.  El caso era el mismo, pero su inseguridad lo dejo tan confundido que se quedó con este cuestionamiento por los siguientes minutos.

            Marisa, había visto al plebeyo en muchas ocasiones y nunca habían cruzado miradas ni palabras.  Juan, el plebeyo, siempre había sido uno más de la comunidad religiosa de la princesa y hasta aquel momento era un desapercibido para ella.  En esta ocasión, ella sintió el calor intenso de sus manos, pero se había quedado con  el timbre de su acento produciendo ecos de emoción en su corazón.

            Juan, era un chico inmigrante de uno de esos países al sur de la frontera y un buen día dejando la ilusión en su país y trayendo su realidad en sus bolsillos vacios, emprendió el viaje a la tierra prometida, la tierra de las oportunidades, donde los logros económicos eran tangibles, y hasta podía soñar con acercarse y porque no: ¿casarse con una princesa?

            Juan, era muy querido en su comunidad.  Un chico modestamente educado y respetuoso con sus semejantes, que no le importaba los sacrificios, ni las distancias que tenía que recorrer en el afán de ayudar a su prójimo.  Cualquier doncella de aquella comunidad podría haber aceptado a Juan para contraer nupcias, y cualquier padre de estas se hubiera sentido honrado en aceptar a Juan entre su familia, pero aceptado en la familia real era una idea bastante descomunal e ilusa.

            Cuando el plebeyo se retiró de la presencia de la princesa, éste se llevó todo el perfume de su aliento en un rincón impenetrable de su corazón.  Aquella tarde después de los servicios religiosos, soñó despierto aquel encuentro y después de caer rendido en el cansancio de su sueño, durmió y lo volvió a soñar.

            Él, la había visto en ciento de ocasiones y la frágil voz de la princesa le había llenado la razón.  Los ojos color miel almendrados de la princesa eran los que él necesitaba para ver.  El índice de Marisa podría apuntar cualquier punto cardinal y Juan estaba dispuesto a proseguir la lucha en la dirección señalada en conquista de su reino.  Todo lo que hacía y decía era para satisfacer la necesidad de acercarse a la princesa y ¿por qué no? quizás ganar su corazón.

            Amigos y familiares del plebeyo intentaron disuadirlo tratando de evitarle una desilusión, pero el chico tan querido por todos ellos había caído preso de la hermosura de la princesa e ignoró por completo tales sugerencias y prosiguió con los sueños, y se dejó llevar ciegamente por aquel amor.

            Juan, nunca faltaba a las congregaciones de su comunidad y se involucraba en todo lo que podía con tal de hacerse ver y sentir, y quizás llegar aunque sea de casualidad a los ojos y oídos de la princesa.  Aprendió a tocar la guitarra y aunque hizo el ridículo en algunas ocasiones, siempre guardó la vertical en sus intervenciones en el coro de la iglesia.  La princesa estaba antes, que sentirse apenado por sus errores, y ella le había correspondido con una tímida sonrisa, que siempre disimuló ante la presencia del rey, su padre.

            Un buen día y bajo el delirio de una fiebre que le afectó los cinco sentidos, pero con una lucidez intacta solamente embriagada por el amor de Marisa, comenzó a escribir un poema, el cual sería su declaración de amor a la princesa.  Pasó algunas horas escribiéndolo, algunos días lo leyó, semanas pensando en aquel poema y meses llevándolo en las profundas grietas de su alma, hasta la tarde aquella cuando con la más leve caricia de su espada, hizo brotar de sus manos la gota de sangre que usaría para estampar en aquel papel la huella de su pulgar, y se lo hizo llegar a la princesa.  La huella rojiza de vida se convirtió en la firma oficial de aquel amor.

            La princesa jugaba con sus hermanos y mascota en un domingo de primavera, después del servicio religioso.  Una amiga se había unido a ellos y los encontró en lo mejor del convivio familiar, en donde los hermanos se divertían con las piruetas e ingeniosidad del pequeño perro.

            Gertrudis, aprovechando que los hermanos de la princesa jugaban a una buena distancia, sacó de su vestimenta la pequeña nota y la princesa con sus manos temblorosas la tomó y de inmediato la introdujo en su bolso.  Gertrudis, la amiga de la princesa nunca le dijo de quién provenía, ni le dio adelantos de la misma, pero Marisa sabía con plena seguridad quién era el remitente.  Dejó de vivir el momento y comenzó a vivir las ilusiones típicas de una joven de su edad, y se transportó a ese mundo donde el espacio y el tiempo trascienden por villas y frecuencias distintas, perdiendo la noción de todo a su alrededor.  Regresó a la realidad hasta bien entrada la noche, y en la soledad de su habitación, tan sólo en compañía de su perro, tomó la pieza de papel doblada con una precisión simétrica, que al ser abierta, la primera palabra que se divisaba era la que con un arte caligráfico, y con letras mayúsculas llevaba por título aquel pequeño poema “AMOR”.

            Sus manos temblaron cuando leyó el primer verso y su corazón palpitaba a una velocidad y estruendo que hasta su perro se asustó.  Ella trató de calmarse y a la misma vez tranquilizar a su mascota, el cual había percibido el olor de la adrenalina emanada a través de la transpiración y rubor de la princesa.

-         ¡Me ama! – Dijo.

            Notó que el remitente no había firmado el poema, pero si divisó la huella color marrón  que podría dar nombre a su autor.  Dobló el trozo de papel de la misma forma que su remitente lo había hecho y lo guardó en la caja intima de sus recuerdos, no sin antes haberlo guardado en su corazón.  Sabía que era Juan, conocía su caligrafía y el sentimiento de su retorica, que lo podía identificar entre millones de escritos.  Intentó conciliar el sueño pero fue imposible y amaneció despierta con el sonoro trinar de los pájaros, y una llovizna que recitaba el mismo poema de amor en su ventana.

            Marisa, nunca escribió una respuesta y no era necesario.  Juan, sabía que  era correspondido con la furtiva mirada de la princesa, con el apretón de manos ocasionales en los encuentros religiosos de la comunidad.  El hecho que la princesa nunca mandara una nota de rechazo, era suficiente para Juan, y eso lo hacía feliz.

            La princesa, desde aquel tiempo de la nota secreta, comenzó a vivir una doble vida.  La chica risueña y activa en los eventos de su familia y comunidad que mantenía viva y con luz todo su entorno, regularmente terminaba en la frustración y depresión solitaria en su habitación.  Por aquellos tiempos su relación con los libros y las personas tenían una connotación de ambigüedades que disfrazaba con la ternura de su rostro.  Su perro era el testigo único de su tristeza al ser doblegada por la impotencia de no poder destilar el amor que ella sentía por el humilde plebeyo.  La reina madre, la encontró algunas veces sollozando y Marisa lo había disimulado con el recitar de sus oraciones en la rutina de sus anocheceres.

            La reina como toda madre, conocedora de los más pequeños cambios en el andar de sus hijos, comenzó a poner más atención al comportamiento de Marisa.  No tuvo que indagar, ni que pasara mucho el tiempo para darse cuenta lo que pasaba con su hija.

-         ¡Está enamorada! – Dijo, dibujando una sonrisa.

            Un buen día, cuando la princesa volvía de sus responsabilidades cotidianas y llegada la hora de las acostumbradas oraciones, la reina le comunicó a Marisa que aquella noche orarían juntas.  La princesa frunció el seño como una muestra de cuestionamiento, pero cambio el semblante cuando vio el rostro erguido de su madre, pero que en el trasfondo de este, la reina escondía el rostro que Marisa siempre intuyó que su madre intentó ocultar;  el de víctima y mártir.

            La reina madre, aunque feliz con todo lo logrado en su vida y viendo a su familia crecer plenamente con todo lo necesario que un padre puede aspirar dar a sus hijos, navegaba entre la espesa niebla del dolor y de las dudas que siempre le provocó el sentimiento guardado, producto de las heridas producidas por el flagelo de las infidelidades del rey.   La reina siempre se vestía de una juvenil sonrisa, pero desde los amaneceres du su luna de miel, ella presintió que se había casado con un hombre diferente.  En los meses posteriores a su boda, descubrió que su esposo aun llevaba el recuerdo de otra mujer en su corazón.  Siempre fue la última vez que lo perdonaba, desde que descubrió su primera traición, y  envejeció con aquella amenaza de divorcio, y la misma amenaza se adormito echando raíces y envejeció junto con ella.

            Tan pronto la reina entró en la habitación de Marisa, esta comenzó con un directo pero sutil interrogatorio.

-         ¿Hija te encuentras bien?
-         Si. – Contestó la princesa y su voz denotó asombro.
-         He notado que recurres a tu habitación más temprano que de costumbre.  También he escuchado tus sollozos y sé que no estás haciendo tus oraciones como lo quieres disimular.  ¿Qué te pasa?
-         Me encuentro muy bien madre. – Dijo un poco apresurada y confundida.
-         ¿Será que alguien ha llegado a tu corazón y no encuentras la manera de hacérnoslo saber?

            La princesa supo que su madre estaba en la verdad, pero se negaba a reconocerlo por la certeza del rechazo que escucharía, especialmente de su padre el rey.  Le dolería escuchar de los suyos, que Juan el plebeyo no estaba en su mismo nivel social, ni cultural académico.  Por primera vez, Marisa sintió odio por sí misma y detestó todas esas fronteras sociales que había aprendido a respetar.  No pudo contener la lágrima que se deslizó desde los espejos de su alma color miel y así como esta llegó lentamente a su mejía, así también la reina entristecía al sentir la incertidumbre y dolor del cual hoy se vestía su hija.

-         Dime, intentare ayudarte. – Agregó la reina.
-         Madre, usted ni nadie lo entendería.  Mejor hagamos nuestras oraciones.
-         ¿Qué madre no puede entender el dolor de sus hijos?  ¿Y qué padres no han hecho hasta lo imposible por ver a sus hijos felices?

            Marisa, sabía que podía contar con la comprensión y compasión  de su madre, pero estaba seguro del rechazo inminente del rey su padre.  Tenía ya en sus oídos los ecos del despotismo machista de su padre el rey, y podía ya imaginar las palabras empleadas por él.  Divagó su mirada en los estrechos oscuros de la habitación como queriendo ocultar sus sentimientos en ellos, hasta que su mirada encontró los ojos infantiles de su pequeño amigo Terry, que le dio una sensación de seguridad cuando éste le lamía las lágrimas.

            La reina le hizo la pregunta que Marisa nunca espero escuchar y ella se sintió traicionada hasta por su pequeño can, pues aquel amor era un secreto que  llevaba en su corazón, y la única evidencia era aquel pequeño poema sigilosamente guardado en el baúl íntimo de sus recuerdos.  Nadie podía saber de su secreto amor y sólo su pequeño cuadrúpedo era testigo de sus sueños e ilusiones.  Juan, había usado un alto grado de discreción, que aun Gertrudis, la conocedora de la nota nunca supo quién era su remitente.

-         ¿Es Juan? – Preguntó la reina. – No lo niegues, he visto sus miradas, la forma como te saluda y te he visto convivir más con él en nuestras reuniones.

Marisa guardó silencio y en unos segundos se armó de valor y dijo:

-         Si madre, es Juan.

            Por su mente pasó el recuerdo del día que estando de compras junto a sus amigas, Juan había conspirado un encuentro sin dar la obvia impresión que se querían ver, y pasaron aquel sábado cubierto de brisas húmedas de verano comiendo helado, mientras divisaban el ajetreo de la plaza producido por los marchantes encaminando distintos destinos.  Ninguno de sus amigos se dio cuenta de aquel encuentro de sus manos que eran dos palomas soñando remontar el vuelo.

-         ¿Volverán esos momentos? –Se preguntó a sí misma, con una incertidumbre mientras aparentaba escuchar los labios que se movían de su madre reina.  Todo aquel trance terminó cuando escuchó decir a su madre que deberían consultarlo con su padre el rey.

-         ¡No madre, imposible!  ¡Mi padre no puede saberlo!  ¡Nunca entendería!

            La madre reina salió de la habitación dejando la puerta abierta.  Marisa intentó escuchar aquella conversación entre ambos pero fue imposible dada la distancia de sus habitaciones, y el palpitar de su corazón cuyo volumen era más elevado que las palabras de su padre.  Le parecieron los minutos más largos de su vida y estaba sorprendida que aun su padre no aparecía por aquella puerta.  De repente escuchó sus pasos por las escaleras dando término a su espera.  El rey tuvo que abrir la puerta, pues su perro tenía la costumbre de cerrarla cada vez que esta se abría, y el crujir de las bisagras semejaba el llanto interno de la princesa.  Lo vio entrar y el rey le dijo en voz calmada pero firme:

-         Inaceptable, insólito tu comportamiento.  No te dirigirás más a él.  Aun en nuestra iglesia.  No quiero que se te acerque.  No es de los nuestros.  Su cultura está muy por debajo de la nuestra.  ¿Acaso no te has dado cuenta de lo que tú eres?  Eres nuestra princesa y saldrás de mi casa con uno igual a los tuyos.  Ese es tu destino, y a tu madre y a mí nos ha costado años de sacrificio construir este reino, para que tú lo pisotees con tus sentimentalismos absurdos.

            El rey continuó con el sermón de negativas que él encontró abundantes en contra de aquel humilde muchacho que pretendía ser el compañero de vida de la princesa, y quien había sido simplemente el musculo en algunas tareas en las limitadas necesidades del rey, en su gran reino.  Siempre usó adjetivos de rogativos en contra de gente como Juan, olvidando enteramente su propia historia de inmigrante ilegal al correr de las fronteras que él cruzo cuando fue joven, y con la incertidumbre e inseguridades cuando comenzó la aventura de su reino con la que ahora era su esposa.  Temió siempre que su querida hija sufriera los mismos incontables traspasos que sus más bajos instintos habrían causado en el alma de la reina.  Por eso, envolvió a Marisa  en una invisible capa impermeable de protección absurda, que solo él era capaz de imaginar y defender, porque la experiencia propia le mostraba de lo que era capaz  la bajeza y debilidad  de un ser humano.

-         Hija, se que este día sientes odio hacia mí, pero el tiempo te dirá que tengo la razón.  Nuestra raza esta para mejorarla y no podemos retroceder mezclándola con genes inferiores a los nuestros.  Anda, duerme y olvídate de todo esto.

            Marisa siempre tuvo idea de quién era, pero fue hasta aquel día que descubrió su nivel de cobardía al sentir la impotencia de no poder defender el sublime sentimiento que ella sentía por el plebeyo, el  cual había minado el tuétano de sus huesos.  Cambió desde aquella noche y en el paso de esos días se sintió caminar en la cuerda floja, y sus estudios en la universidad se vieron afectados así como sus relaciones sociales.  La sonrisa y el brillo de sus ojos color de miel, se fueron marchitando como un candil que lentamente se apaga.

            Juan, intuyó que su amor secreto había sido descubierto por los padres de la princesa, los cuales dejaron de asistir a las reuniones de la comunidad y Marisa no se había comunicado con él, como frecuentemente lo hacía.  Intentó encontrar información y comunicación con su princesa y se vio frustrado pues todas las avenidas estaban bloqueadas o cerradas.  Un buen día se armó de valor y fue a casa de los reyes y sólo encontró la negativa de la frase que por un buen tiempo fue eco en sus múltiples pesadillas. –< No tenemos nada que hablar.>-  Fue la frase que el rey dirigió al plebeyo.

            Nunca se volvieron a ver ni a cruzar palabra alguna.  Juan sostuvo la esperanza que algún día cercano el rio volviera a su cauce, y que todo regresaría a lo que él consideraba como normal.  Poco a poco la desilusión llegó como un rio con piedras alborotado, golpeando y llenando de una neblina grisona, los sueños ya empañados por sus propias lágrimas.

            La depresión que era la compañera lógica de este tipo de situaciones, fue el caminar de un buen tiempo.  Las fiestas de fin de año llegaron y se fueron, y la nostalgia de las noches de invierno evocó buenos tiempos.  La primavera llegó con su vestimenta de una paleta de colores, pero ahora a quién regalar flores sino tenía sentido la vida.  Recordó la tarde que con la intensión de hacerse conocer y de paso dar un obsequio a la madre de la princesa, Juan le llevo un ramo de flores a la reina en el día que se celebra a las madres, y la reina al verse sorprendida por aquel repentino e  inesperado presente le cuestionó:

-         ¿Juan,  por qué el ramo de flores?
-         Es el día de las madres. – Contestó sin mucho afán.

-         Pero yo no soy tu madre. –Agregó la reina.
-         Para mi todas son madres y usted no es mi madre, pero no deja de serlo.

            La respuesta fue con un timbre de seguridad, pero a la misma vez confusa por su ambiguo sentido.  La reina sólo rio por su respuesta y atrevimiento.

            El otoño llegó con su llorar de hojas durmientes, y estas lentamente cubrían los caminos que un día Juan soñó caminar junto a Marisa, y hoy viendo la inmensidad de la alfombra de múltiples colores, descubrió que se sentía igual que aquellos árboles deshojados, que cuando el frio estaba a punto de nuevo por llegar, estos perdían sus coloridos abrigos, así como el había perdido el suyo, deshojado de esperanzas. 

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